Dudo mucho que Rafael Nadal, Mireia Belmonte o Carolina Marín necesiten que les recuerden a todas horas lo buenos que son en sus respectivos deportes. Aunque, dada la admiración que despiertan, sospecho que es algo que tienen que escuchar con frecuencia y que ellos aceptan (o eso quiero pensar) con buen talente, agradecimiento y una sonrisa cortes en la boca. Sin embargo, lo cierto es que no les hace ninguna falta el recordatorio porque ya lo saben de sobra. Es hasta posible que estén un poco cansados y que alguna vez les haya pasado por la cabeza (y desechado rápidamente) la idea de contestar a alguno de esos fans con un cortante: “ya lo sé, ya sé que soy la caña; cuéntame algo que no sepa”.

Yo no soy una estrella del deporte, pero no puedo evitar sentirme un poco como una de ellas cada vez que entro en Internet y me salta un pop-up de remarketing recordándome que hace poco hice una consulta sobre el último libro de Fernando Aramburu o que me interesé por un viaje a Menorca. Es irritante. Entras en cualquier página web, ya sea para leer el periódico o para buscar una receta de cocina, y allí están: el libro de Aramburu y el viaje a Menorca. Perennes, indelebles. Como si hubiera alguna posibilidad de que hubiera olvidado mi interés en ellos. Pero, vamos a ver, ¿cómo se me va a olvidar si resulta que fui yo quien hizo esas búsquedas? Y si las hice fue, obviamente, porque me interesaban.  Señores del remarketing: ¡cuéntenme algo que no sepa!

Un sistema de inteligencia artificial lo suficientemente sofisticado para adivinar hacia dónde pueden evolucionar nuestros gustos.

Sobre todo, porque resulta que ya me leí Patria y ya me bañé en las playas menorquinas. Y aunque no es imposible que revisite ambos, es improbable que lo haga a corto plazo (en el caso de las segundas, desde luego no en invierno). Así que, por favor, dejen de bombardearme (con razón al remarketing lo llaman también ‘marketing de persecución’) con la misma cantinela. ¿No sería mejor que las recomendaciones de Internet aprovecharan ese conocimiento de mis gustos y preferencias para ofrecerme nuevas alternativas? ¿Y no sería mejor todavía que en lugar de contarme cosas que ya sé que me gustan, me propusiera cosas que aún no sé que me van a gustar?

En esa senda de atreverse a meterse en la mente del usuario se encuentran los últimos desarrollos en inteligencia artificial. Propuestas innovadoras como la de Buaala permiten combinarla con inteligencia colectiva para aprender del pasado y hacer proyecciones de futuro que sorprenden al propio interesado. Se trata de tomar tu contexto, tus relaciones sociales y tus interacciones en La Red para con todo ello tratar de adivinar hacia dónde pueden evolucionar nuestros gustos. El hecho de que Patria me pareciera valiente o Menorca relajante y que haya compartido esas impresiones con mi entorno en redes sociales podría modificar en un sentido o en otro mis preferencias de lectura o destino vacacional en el futuro. Y un sistema de inteligencia artificial lo suficientemente sofisticado para combinar esos parámetros con mi historial de interacciones en Internet debería ser capaz de anticipar esa evolución.

La idea es rompedora en la medida en que logra que un sistema artificial funcione de un modo que recuerde lo menos posible a una máquina y opere con la frescura propia de los seres humanos. Porque al final, lo verdaderamente artificial es la predictibilidad de lo de siempre. Nada hay más estimulante y retador que la sorpresa de que te cuenten algo de ti mismo que tú no sabes todavía.