Cuando el 10 de febrero de 1996, la computadora creada por IBM Deep Blue derrotó al entonces campeón del mundo de ajedrez, Gary Kasparov, comenzó una partida que todavía hoy se sigue jugando entre el hombre y la máquina. Fue la primera vez que la Inteligencia Artificial abandonó el territorio de los laboratorios científicos y los textos de ciencia ficción para asomarse a la vida cotidiana de las personas. No fue una elección casual; al fin y al cabo, el ajedrez no deja de ser un simple juego (eso sí, “El Juego”, con mayúsculas), un ámbito en el que la irrupción de las máquinas en actividades tradicionalmente reservadas al homo sapiens podría ser visto por el gran público como más inofensivo. Aún así, la derrota del genio ruso a manos de un ordenador supuso una pequeña conmoción planetaria y no faltó quien vio en ella, al más puro estilo Asimov, los augurios de una nueva Era en la que los robots tomarían el control para sojuzgar al hombre.

El tiempo ha pasado y se ha demostrado que aquellos cenizos tenían razón solo en parte. Afortunadamente, sólo en la que afirmaban que se avecinaba una nueva Era y que ésta estaría muy fuertemente vinculada a la tecnología. Pero no en el sentido catastrofista que ellos vaticinaban. En el imparable proceso de transformación digital que invade todos los rincones y estamentos de la sociedad, la inteligencia artificial está llamada a jugar un rol cada vez más destacado. Aunque no para sustituir al ser humano, sino para ayudarle a llegar cada vez más lejos. Como se dice en un capítulo de la aclamada serie de televisión House of Cards, una cuchara puede utilizarse para comer una sopa o para calentar droga. En todo caso, no le echen la culpa a la cuchara, sino a quien la sostiene.

Porque esta cuchara de la inteligencia artificial podría proveer de sopa, de muy diversos sabores, a muchos millones de personas. Internet ya demostró hace años la potencialidad que los algoritmos de búsqueda tienen para mejorar la vida de las personas, y hoy resulta difícil concebir el día a día sin Google y esa ventana casi infinita que la Red abre al Universo. No es obligatorio asomarse a ella, pero nos hace la vida más fácil en muchos aspectos, desde el mundo de trabajo, hasta el modo en que ocupamos nuestro tiempo de ocio. Un buen ejemplo lo encontramos en los desarrollos que en  Knowdle Media Group estamos realizando en diferentes campos, como el consumo de contenidos audiovisuales o los viajes turísticos, materializados ambos en la APP Buaala.

La siguiente parada en ese trayecto lo constituyen los desarrollos sobre inteligencia colectiva. Los animales proporcionan valiosísimas lecciones acerca del inmenso poder del grupo, respecto a las limitaciones del individuo, cuando sus miembros trabajan colaborativamente, Se trata de un nuevo enfoque que ya se está calando con fuerza en muchas organizaciones empresariales, que se han dado cuenta de las posibilidades multiplicadoras de las redes de conocimiento, la inteligencia cognitiva o el big data.

Esta nueva concepción del trabajo, no obstante, también entraña sus riesgos y un precio. Según estimaciones de la OCDE, en las próximas dos décadas un 12% de los trabajadores españoles, dos millones de personas, podrían perder su trabajo a manos de un robot. No son buenas perspectivas, aunque tampoco se trata de nada nuevo bajo el Sol, y si no que se lo pregunten a nuestros antepasados que vivieron la Revolución Industrial del Siglo XIX.

¿Quiere decir esto que más vale levantar las manos y rendirse ante la llegada de los temibles robots? No se trata tanto de dejar que las máquinas nos quiten el trabajo como de encontrar la manera de que empiecen a trabajar para nosotros. No conviene perder de vista que ninguna de estas transformaciones será posible sin la intervención directa e insustituible del ser humano. Algunos expertos organizacionales apuntan que, paradójicamente, hoy más que nunca se necesitan perfiles humanistas para poder llevar a buen puerto esta revolución. Porque más que digital, la verdadera transformación que nos traemos entre manos es cultural, y la tecnología no deja de ser un medio para alcanzar un objetivo mayor.