Autoconocimiento e Inteligencia Artificial

Autoconocimiento e Inteligencia Artificial

La inteligencia artificial está aquí y ha venido para quedarse. No es una moda, ni una burbuja, ni un bluf efímero como el mini disc o las medias por encima de la rodilla. Es una realidad tan apabullante como llena de posibilidades. Algo que puede cambiar nuestra manera de trabajar, de relacionarnos y de disfrutar de nuestro ocio para siempre. Aunque, como todo lo nuevo, puede asustar un poco y hasta provocar cierto rechazo.

Uno de los argumentos predilectos de los críticos es el de que ninguna máquina va a saber mejor que ellos mismos lo que les conviene. Que ya son mayorcitos para elegir y no necesitan que ningún GPS virtual les vaya diciendo el regalo con el que más éxito tendrán, la camisa que mejor va a sentarles, el viaje que más les seducirá o la serie de televisión que más les enganchará. Que nadie, y menos un sistema de inteligencia artificial, va a conocerles mejor que ellos mismos.

Pues bien, señores críticos, he aquí algo que deben saber. Ustedes no se conocen tanto como creen. De hecho, en muchos aspectos no se conocen en absoluto.

No, no es culpa suya ni se trata de un problema que les afecte únicamente a ellos. Nos sucede a todos. El autoconocimiento no es nuestro fuerte. Más que nada porque nadie nos ha educado para ello.  No nos han ensañado a explorar nuestras capacidades, nuestras fortalezas y debilidades. Por ejemplo, la mayoría de nosotros llegamos a la edad adulta y al mundo del trabajo sin tener un atisbo de lo que nos gusta, de lo que se nos da bien o de las posibles alternativas hacia las que podríamos encaminar nuestros pasos profesionales.

Y algo parecido sucede también en nuestro ámbito personal. Por supuesto, la experiencia y nuestras incursiones y encontronazos con la prueba-error nos van a ayudar a avanzar en ese autoconocimiento. Pero es, en general, un avance errático y tortuoso. Quizá, precisamente ahí radiqué parte de su encanto, no digo que no. Pero también es una fuente de frustración e incertidumbre importante.

La inteligencia artificial puede reducir parte de esta incertidumbre. Y aplicaciones como Buaala ayudan a acortar el camino del autoconocimiento al poner en juego una enorme cantidad de variables extraídas del historial social y las elecciones de las personas, contextualizadas y combinadas con las de su entorno, para hacer recomendaciones lo más ajustadas posible a sus preferencias. A veces, algunas que ni ellas mismas jamás habrían sospechado que resultarían acertadas.

Quizá, precisamente ahí, radiqué parte de su encanto.

 

La inteligencia artificial no está para decirme lo que ya sé

La inteligencia artificial no está para decirme lo que ya sé

Dudo mucho que Rafael Nadal, Mireia Belmonte o Carolina Marín necesiten que les recuerden a todas horas lo buenos que son en sus respectivos deportes. Aunque, dada la admiración que despiertan, sospecho que es algo que tienen que escuchar con frecuencia y que ellos aceptan (o eso quiero pensar) con buen talente, agradecimiento y una sonrisa cortes en la boca. Sin embargo, lo cierto es que no les hace ninguna falta el recordatorio porque ya lo saben de sobra. Es hasta posible que estén un poco cansados y que alguna vez les haya pasado por la cabeza (y desechado rápidamente) la idea de contestar a alguno de esos fans con un cortante: “ya lo sé, ya sé que soy la caña; cuéntame algo que no sepa”.

Yo no soy una estrella del deporte, pero no puedo evitar sentirme un poco como una de ellas cada vez que entro en Internet y me salta un pop-up de remarketing recordándome que hace poco hice una consulta sobre el último libro de Fernando Aramburu o que me interesé por un viaje a Menorca. Es irritante. Entras en cualquier página web, ya sea para leer el periódico o para buscar una receta de cocina, y allí están: el libro de Aramburu y el viaje a Menorca. Perennes, indelebles. Como si hubiera alguna posibilidad de que hubiera olvidado mi interés en ellos. Pero, vamos a ver, ¿cómo se me va a olvidar si resulta que fui yo quien hizo esas búsquedas? Y si las hice fue, obviamente, porque me interesaban.  Señores del remarketing: ¡cuéntenme algo que no sepa!

Un sistema de inteligencia artificial lo suficientemente sofisticado para adivinar hacia dónde pueden evolucionar nuestros gustos.

Sobre todo, porque resulta que ya me leí Patria y ya me bañé en las playas menorquinas. Y aunque no es imposible que revisite ambos, es improbable que lo haga a corto plazo (en el caso de las segundas, desde luego no en invierno). Así que, por favor, dejen de bombardearme (con razón al remarketing lo llaman también ‘marketing de persecución’) con la misma cantinela. ¿No sería mejor que las recomendaciones de Internet aprovecharan ese conocimiento de mis gustos y preferencias para ofrecerme nuevas alternativas? ¿Y no sería mejor todavía que en lugar de contarme cosas que ya sé que me gustan, me propusiera cosas que aún no sé que me van a gustar?

En esa senda de atreverse a meterse en la mente del usuario se encuentran los últimos desarrollos en inteligencia artificial. Propuestas innovadoras como la de Buaala permiten combinarla con inteligencia colectiva para aprender del pasado y hacer proyecciones de futuro que sorprenden al propio interesado. Se trata de tomar tu contexto, tus relaciones sociales y tus interacciones en La Red para con todo ello tratar de adivinar hacia dónde pueden evolucionar nuestros gustos. El hecho de que Patria me pareciera valiente o Menorca relajante y que haya compartido esas impresiones con mi entorno en redes sociales podría modificar en un sentido o en otro mis preferencias de lectura o destino vacacional en el futuro. Y un sistema de inteligencia artificial lo suficientemente sofisticado para combinar esos parámetros con mi historial de interacciones en Internet debería ser capaz de anticipar esa evolución.

La idea es rompedora en la medida en que logra que un sistema artificial funcione de un modo que recuerde lo menos posible a una máquina y opere con la frescura propia de los seres humanos. Porque al final, lo verdaderamente artificial es la predictibilidad de lo de siempre. Nada hay más estimulante y retador que la sorpresa de que te cuenten algo de ti mismo que tú no sabes todavía.

‘El Internet soñado’

‘El Internet soñado’

¡Bendita sea Internet! ¿Qué sería de nosotros sin esta Red de Redes que todo lo sabe? En el viejo teatro, los actores contaban con inestimable backup del apuntador, un señor asomado a una ventanita situada a pie de escenario y de espaldas al patio de butacas. Aquel cubículo no era más grande que la cabina del artillero en de caza bombardero de la Segunda Guerra Mundial, solo que en lugar de una ametralladora con la que abatir a los cazas enemigos, el arma del apuntador era un ejemplar completo del libreto del que se valía para soplarle en bajito a los actores las líneas de texto que se les iban de la cabeza. Internet, sobre todo desde que los smartphones aparecieron en nuestras vidas, es como ese apuntador personal que todos llevamos encima para sacarnos de un apuro.  ¿Qué estás hablando de una serie que te encantó porque te le recomendaron en Buaala pero no recuerdas el nombre del actor protagonista? Pregúntale a Internet. ¿Qué buscas un restaurante por la zona para salir a tomar algo con los amigos? La red te dará una alternativa. ¿Qué no sabes qué regalarle a tu madre por su cumpleaños? Prueba a poner las palabras “mamá” y “regalo” en el buscador.

Internet es fantástico y nos facilita mucho la vida, pero todavía no ha alcanzado todo su potencial. Hay demasiada información, demasiadas posibilidades. La “infoxicación” o sobrecarga informativa se ha convertido un grave problema debido a la enorme cantidad de tiempo que nos hace perder buceando entre millones de páginas de contenido irrelevante. Es como si ese apuntador del teatro en lugar del libreto de la obra que se está representando tuviera que consultar el conjunto de la producción teatral escrita hasta la fecha en la historia de la humanidad cada vez que un actor olvidara su siguiente línea de texto.

Así planteada, Internet es como conducir un Ferrari en una carretera con limitación de velocidad a 120 kilómetros por hora. Nuestra relación con La Red es utilitaria (y muy útil, sin duda), pero un tanto decepcionante. Incompleta. La fascinación inicial que nos produjo ese gigantesco escapare que nos proporciona Internet está dejando paso un cierto desencanto por la frustración que supone no poder/saber sacarle todo su partido. Y sí, sin duda, es nuestra responsabilidad aprender a acotar mas nuestras búsquedas, afinar nuestros criterios… pero aun así… no sé. Yo creo que necesito algo más.

En el Internet que a mí me gustaría tener yo no tendría que buscar ningún contenido. ¡El contenido me encontraría a mí! En el Internet al que yo aspiro si yo pongo en el buscador las palabras “mamá” y “regalo”, en lugar de sugerirme 1.000.000 de páginas para que yo me las apañe intentando encontrar algo de sentido en ellas, el sistema ya conocería de sobra mis gustos y los de mi madre, sabría lo que le he regalado otros años y tendría en cuenta los comentarios que ambos hicimos sobre aquellos regalos en redes sociales. En el Internet de mis sueños, ¡ni siquiera tendría que poner las palabras “mamá” y “regalo” en el buscador!, porque el sistema ya sabría que se acerca su cumpleaños y, considerando todas las variables anteriores y otras muchas, me lo recordaría y me “inspiraría” un posible regalo de acuerdo a sus gustos y a mis posibilidades.

Ese Internet soñado se acerca a pasos agigantados gracias a la inteligencia artificial y a la inteligencia colectiva. Y gracias a aplicaciones como Buaala, muy pronto estará entre nosotros.

Mi vida en el algoritmo

Mi vida en el algoritmo

Hasta hace muy poco “algoritmo” era uno de esos extraños conceptos matemáticos que habitaban en las antípodas de nuestra conciencia. Un término que, para los que no tenemos un perfil técnico-científico, no significaba gran cosa salvo quizá un embarazoso tropiezo al intentar pronunciarlo correctamente. Un trabalenguas, un “palabro”, una abstracción de implicaciones inabordables que, como mucho, había tenido un efímero paso por nuestra existencia durante los años de formación, como aquellas integrales y derivadas que tanto nos atormentaron a “los de letras” en el bachillerato y que aún producen escalofríos a quienes las sufrimos.

Después llegó Google y todos, ya fuéramos perfiles de letras o de números, nos vimos impelidos a buscar la manera de abrirnos un hueco en esa infinita ventana virtual. Fue cuando muchos escuchamos hablar por primera vez de SEO, de SEM y cuando, inesperadamente, volvió a nuestra vida el “algoritmo”. Lo hizo con gran boato y envuelto en una nube de misterio. Como si se hubiera cansado del prosaico y predecible lenguaje de las fórmulas matemáticas y hubiera decidido abrazar el mucho más atractivo mundo de la magia y la mitología. Algoritmo sonaba a Excalibur, a Merlín y a Morgana. Y es que nadie, ni los mayores expertos -te decían los propios expertos-  conocían en su totalidad las claves del algoritmo que usaba Google para posicionar sus contenidos. Era como la legendaria fórmula de la Coca Cola, con la salvedad de que, mientras que ésta era secreta pero inmutable, el gran oráculo del algoritmo googleliano era caprichoso y cambiaba de criterio cada cierto tiempo para desconcierto de sus seguidores, que como mucho solo podían aspirar a tratar de interpretar sus designios y anticipar sus próximos movimientos.

Así fue como el algoritmo logró llamar de nuevo nuestra atención y se coló de rondón entre las 500 palabras  de uso común que por término medio usamos las personas para comunicarnos. P

ero aquello era solo el principio. Porque la revolución big data ha provocado que gran parte de nuestra vida se haya convertido en algorítmica, y que todos y cada uno de nosotros hayamos entrado a formar parte de esa gigantesca corriente de datos procesados que nutren estos sistemas matemáticos. Las canciones que nos recomienda escuchar Spotify, los amigos que nos sugiere conocer Facebook, los artículos que nos invita a comprar Amazón o las serie de TV que nos aconseja ver Buaalatodo se basa en un algoritmo de inteligencia artificial que aprende progresivamente a conocernos a partir de nuestra interacción con él y a medida que se introducen nuevos datos.

 

Ahora sabemos que no sólo los negocios digitales vivirán de algoritmos. Según la consultora Gartner, la mitad de las grandes empresas serán “negocios algorítmicos” en muy pocos años. Los datos serán quienes dicten, en gran medida, decisiones en campos como la medicina, la educación, la moda o la producción de obras de ficción. Conceptos como la “intuición” o el “instinto” han sido reemplazados con éxito por la estadística en territorios hasta ahora vedados al factor “no humano”, como la gestión de personas o el deporte. Lo vimos, por ejemplo, en la película, basada en una historia real, Moneyball, protagonizada por Brad Pitt donde se relata la reconversión que vivió el mundo del beisbol profesional a principios de este Siglo.

¿Intimidante? Tal vez, pero también imparable. Y una oportunidad si se sabe orientar toda esta tecnología en beneficio de las personas. Porque, aunque es muy cierto que los seres humanos  no somos ni números ni datos, también lo es que los números y datos que generamos pueden hacernos la vida más sencilla.

 

 

Inteligencia Artificial: no le echen la culpa a la cuchara

Inteligencia Artificial: no le echen la culpa a la cuchara

Cuando el 10 de febrero de 1996, la computadora creada por IBM Deep Blue derrotó al entonces campeón del mundo de ajedrez, Gary Kasparov, comenzó una partida que todavía hoy se sigue jugando entre el hombre y la máquina. Fue la primera vez que la Inteligencia Artificial abandonó el territorio de los laboratorios científicos y los textos de ciencia ficción para asomarse a la vida cotidiana de las personas. No fue una elección casual; al fin y al cabo, el ajedrez no deja de ser un simple juego (eso sí, “El Juego”, con mayúsculas), un ámbito en el que la irrupción de las máquinas en actividades tradicionalmente reservadas al homo sapiens podría ser visto por el gran público como más inofensivo. Aún así, la derrota del genio ruso a manos de un ordenador supuso una pequeña conmoción planetaria y no faltó quien vio en ella, al más puro estilo Asimov, los augurios de una nueva Era en la que los robots tomarían el control para sojuzgar al hombre.

El tiempo ha pasado y se ha demostrado que aquellos cenizos tenían razón solo en parte. Afortunadamente, sólo en la que afirmaban que se avecinaba una nueva Era y que ésta estaría muy fuertemente vinculada a la tecnología. Pero no en el sentido catastrofista que ellos vaticinaban. En el imparable proceso de transformación digital que invade todos los rincones y estamentos de la sociedad, la inteligencia artificial está llamada a jugar un rol cada vez más destacado. Aunque no para sustituir al ser humano, sino para ayudarle a llegar cada vez más lejos. Como se dice en un capítulo de la aclamada serie de televisión House of Cards, una cuchara puede utilizarse para comer una sopa o para calentar droga. En todo caso, no le echen la culpa a la cuchara, sino a quien la sostiene.

Porque esta cuchara de la inteligencia artificial podría proveer de sopa, de muy diversos sabores, a muchos millones de personas. Internet ya demostró hace años la potencialidad que los algoritmos de búsqueda tienen para mejorar la vida de las personas, y hoy resulta difícil concebir el día a día sin Google y esa ventana casi infinita que la Red abre al Universo. No es obligatorio asomarse a ella, pero nos hace la vida más fácil en muchos aspectos, desde el mundo de trabajo, hasta el modo en que ocupamos nuestro tiempo de ocio. Un buen ejemplo lo encontramos en los desarrollos que en  Knowdle Media Group estamos realizando en diferentes campos, como el consumo de contenidos audiovisuales o los viajes turísticos, materializados ambos en la APP Buaala.

La siguiente parada en ese trayecto lo constituyen los desarrollos sobre inteligencia colectiva. Los animales proporcionan valiosísimas lecciones acerca del inmenso poder del grupo, respecto a las limitaciones del individuo, cuando sus miembros trabajan colaborativamente, Se trata de un nuevo enfoque que ya se está calando con fuerza en muchas organizaciones empresariales, que se han dado cuenta de las posibilidades multiplicadoras de las redes de conocimiento, la inteligencia cognitiva o el big data.

Esta nueva concepción del trabajo, no obstante, también entraña sus riesgos y un precio. Según estimaciones de la OCDE, en las próximas dos décadas un 12% de los trabajadores españoles, dos millones de personas, podrían perder su trabajo a manos de un robot. No son buenas perspectivas, aunque tampoco se trata de nada nuevo bajo el Sol, y si no que se lo pregunten a nuestros antepasados que vivieron la Revolución Industrial del Siglo XIX.

¿Quiere decir esto que más vale levantar las manos y rendirse ante la llegada de los temibles robots? No se trata tanto de dejar que las máquinas nos quiten el trabajo como de encontrar la manera de que empiecen a trabajar para nosotros. No conviene perder de vista que ninguna de estas transformaciones será posible sin la intervención directa e insustituible del ser humano. Algunos expertos organizacionales apuntan que, paradójicamente, hoy más que nunca se necesitan perfiles humanistas para poder llevar a buen puerto esta revolución. Porque más que digital, la verdadera transformación que nos traemos entre manos es cultural, y la tecnología no deja de ser un medio para alcanzar un objetivo mayor.